Ninguno decia que sus cosas fuesen solo suyas
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- Publicado el Jueves, 20 Octubre 2011 00:00
- Escrito por Víctor Hernández
Hech 4, 32–37.
¿Cómo poseemos las cosas? Es decir, ¿cómo es que algo que tenemos se convierte en una propiedad o en una posesión? La pregunta es importante, porque no es lo mismo coger arena en la playa y jugar con ella, que tener un terreno frente a la playa y construirse una casa. En el primer caso, la arena no es una posesión, sino que la sentimos como algo que se puede disfrutar pero que no nos pertenece. Esa arena puede servir para hacer un castillo o una carretera y jugar con cochecitos, pero sabemos que el castillo será desecho por el agua o el viento y no nos importa, o sabemos que la carretera ficticia simplemente ha servido para jugar en un pequeño mundo con los juguetes.
Pero el terreno con casa sí es una propiedad. Es decir que ha costado mucho y tiene un título de pertenencia. Es posible que esté hipotecada y se pague poco a poco, y es posible que sirva para las vacaciones, pero algo seguro es que una posesión no se termina pronto y tampoco es algo que se pueda olvidar. Esto quiere decir que una propiedad nos da cosas y nos quita otras, o sea que una propiedad otorga cierto poder y seguridad pero quita la libertad y los sueños de, por ejemplo, la arena con que se juega en la playa. Las propiedades también separan a la gente: quienes tienen y quienes no. Y esto se debe a que la tierra es limitada y no todo mundo puede tener el terreno y la casa que desea.
Sobre todo, la propiedad es un poder asegurado por el derecho, por las leyes y la sociedad. Aún cuando la propiedad privada ha cambiado en la historia, lo que se mantiene como cierto es que sin propiedades no se tiene poder o se tiene muy poco: por eso un vagabundo es símbolo de la casi total indefensión. Pero se puede vivir sin propiedades y disfrutar de ellas: es algo que explicaron los franciscanos en el siglo XIV, al distinguir entre el “uso de derecho” (usus iuris) y el “uso de hecho” (usus facti): ellos decían que se podía vivir la pobreza evangélica usando las cosas y propiedades que otros bienhechores ponían para su uso, pero que ellos elegían renunciar a la propiedad “de derecho”. Los franciscanos, sobre todo Francisco de Asís, su fundador, fueron como el movimiento hippie de la Edad Media, que hizo pensar y considerar, con temblor para los propietarios, los efectos contradictorios de la riqueza de la propiedad para dar testimonio del evangelio.
Tal vez lo más importante es reconocer que las cosas que poseemos, también nos poseen a nosotros y que, sin embargo, vivimos en una sociedad donde la propiedad existe y genera posibilidades buenas de vida y, simultáneamente, consecuencias inhumanas. Se dice que la sociedad actual, con su capitalismo casi como sistema único, representa la tiranía de la propiedad privada ante la sociedad entera.
En suma: poseemos las cosas de la manera como se impone en la sociedad que se compran y poseen las propiedades. En otras palabras, poseemos con individualismo, llamando mío lo que he comprado, seguro de que tengo derecho sobre lo propio, con la convicción de que puedo hacer lo que quiera con lo propio y sin pensar que las cosas pertenezcan un poco a otros también. Por eso, los dueños del dinero toman decisiones que afectan a millones de personas y no les piden previamente opinión.
Esto, sin embargo, a veces cambia. Y cambia cuando nos salimos de ese sistema legal y legitimado en el mundo actual. Cambia cuando alguien comparte, no por lástima, sino porque percibe que lo que tiene no es enteramente suyo. Porque reconoce que las cosas existen en relación con mucha gente, que llevan el sudor y la fatiga de muchas personas. A veces eso ocurre y cuando ocurre es como si entrara un viento fresco en la sociedad. Cuando ocurre es porque se hace presente la resurrección, la vida nueva en Cristo.
El texto de ésta mañana así nos habla de la comunidad de creyentes. ¿Recuerdan que fuero amenazados para no hablar del nombre de Jesús y ellos oraron para testificar con poder? Pues el poder que reciben, el poder del Espíritu Santo, les permite vivir de otra manera en tanto comunidad o en tanto hermandad. Este texto se tendría que leer en paralelo con el siguiente (5,1–11), que habla del pecado de Ananías y Safira, porque allí ocurre lo contrario de nuestro texto. Pero por ahora veremos sólo la parte primera (4,32–37).
El texto bíblico nos habla de un rasgo fundamental de la vida comunitaria y que nos ayuda a entender un rasgo básico de lo que hace que la iglesia sea en verdad una comunidad de creyentes: ese rasgo es la comunidad de bienes. No quiere decir que se trate de un régimen comunista ni de la abolición de la propiedad. Tampoco quiere decir que ya nadie puede tener un terreno o una casa. Si nos fijamos, las primeras comunidades solían reunirse en casas, que en algunos casos eran de gente acomodada. Pero eran creyentes que ponían su casa a disposición para la reunión de los cristianos.
El rasgo de la comunidad de bienes quiere decir exactamente esto que dice el texto: “ninguno decía que sus cosas fueran sólo suyas, sino que eran de todos”. Esto chocaba con la mentalidad romana, donde la casa era una propiedad con apellido, donde había un “pater familia”, un jefe de familia y un nombre. La mentalidad romana exaltaba el honor y las donaciones para el pueblo o para mejoras públicas eran parte del prestigio que se buscaba. Pero la diferencia es que, en la comunidad de creyentes, que crece cada día, hay una nueva mentalidad, una manera diferente de relacionarse entre si y ante las cosas: nada era sólo suyo, la propiedad dejaba de ser algo ligado a un apellido o un patrimonio y se convertía en algo que podía compartirse de alguna manera.
Este rasgo es la manifestación de la resurrección y es el poder del desapego, de la desposesión, como si las propiedades ahora ya no tuvieran el mismo poder que antes tenían. Marx decía que las mercancías eran objetos que parecían embrujados y que, en cierto modo, nos hechizan para que los compremos y deseemos poseerlos. Pero este hechizo, quizá el del consumismo, deja de tener poder cuando nos abrimos y nos relacionamos con otros, de otra manera.
El texto nos dice, entonces, que entre ellos y ellas no había ningún necesitado. No dice que se acabe la pobreza, pero sí dice que no hay necesitados porque se comparte lo que se tiene. Y entonces se nos relata el caso de Bernabé, un levita de Chipre que vende un terreno de su propiedad y entrega el dinero a los apóstoles, para el servicio en la iglesia. Es importante que el texto nos hable de un levita, porque en el Pentateuco los levitas son la única tribu que no recibe tierra en propiedad, que no pueden ser propietarios, sino que han de servir al Señor y vivirán de lo que reciban de los demás. Es como si los levitas fueran el símbolo de una precariedad que siempre requiere de una comunidad de bienes, de compartir lo que pertenece un poco a todos. Lo que pertenece un poco a todos... precisamente porque la tierra es de Dios, porque él es el dueño. Y esa es la enseñanza de fondo: vivir con cosas que no sentimos nuestras sino del único dueño de todo lo que existe y, por tanto, se capaces de la comunidad de bienes, es decir ser capaces de poner a disposición de la comunidad lo que tenemos y somos.
Creo que la llenura del Espíritu Santo se manifiesta precisamente en ésta comunidad de bienes. Creo que la presencia de la vida resucitada de Jesús se muestra en la conversión que alcanza hasta el mismo monedero o la posesión de bienes. Porque en el fondo se trata del dominio que tienen las cosas o propiedades sobre nosotros y el llamado de Dios para que nos entreguemos a su dominio, a su señorío de manera entera. Porque el señorío del Cristo crucificado y resucitado consiste precisamente en la sumisión a su gratuidad, es decir al perdón gratuito que de Dios recibimos.
Es por eso que valdría la pena que miremos las cosas que poseemos, que miremos nuestras propiedades y los objetos que compramos y miremos cómo son una pertenencia que va más allá de lo privado, que se puede compartir en gratitud, dando de gracia lo que de gracia se ha recibido y se construye así la vida nueva, la vida resucitada, en la vida bendecida por Dios.
Víctor Hernández Ramírez. Església Evangèlica Betlem, Clot, Barcelona.
15 de julio de 2007. Tiempo de la iglesia, tiempo de misión.

